El desafío del Niño: la urgencia de sumar la prevención a la reacción

POR: ISABEL CALLE / FECHA: 03.07.2026
SPDA
Foto: Andina

 Escribe: Isabel Calle / Directora Ejecutiva de la SPDA

A mediados de junio, la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) anunció el inicio del fenómeno El Niño 2026-2027, y la probabilidad de que sea un evento de intensidad muy fuerte alcanza el 63 %. Es decir, se prevé un evento comparable al ocurrido entre 1997-1998, donde murieron 366 personas y más de medio millón se quedó sin hogar a causa de lluvias intensas e inundaciones. 

Por otro lado, el Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (ENFEN) informó que se mantiene en alerta por el Niño Costero -un evento que solo afecta a Ecuador y Perú-, el cual inició en marzo de este año y se proyecta que para octubre tendrá una magnitud fuerte, aunque disminuiría en noviembre y se extendería hasta el próximo verano.   

En ambos casos, no se trata de eventos ajenos a la realidad peruana, sino que constituyen una constante climática que ha marcado nuestra historia social y económica En las últimas décadas, el país ha tenido que enfrentar episodios devastadores, como los Fenómenos del Niño de 1983 y 1998, o el Niño Costero de 2017. En los tres casos, lamentablemente, la acción del Estado ha sido solo reactiva.  

Nuestra “especialidad” ha sido la atención de la emergencia y la reconstrucción posterior, creándose incluso una autoridad especializada para este fin. Es decir, a pesar de la experiencia, hemos dejado que miles de personas sufran las consecuencias y hemos creado forados inmensos en nuestra economía por no incorporar una sólida cultura y política pública para la gestión del riesgo con enfoque basado en las personas. 

Estos fenómenos, que ya conocemos ampliamente, pueden producir lluvias extremas en el norte del país (que a su vez ocasionan inundaciones) y sequías en la sierra sur. En el aspecto económico, además de destruir hogares, colegios, hospitales y vías de comunicación, golpean la agricultura, impactan la pesca debido al calentamiento del mar, y desatan crisis sanitarias por la proliferación de enfermedades como el dengue. 

Nuestro talón de Aquiles siempre fue la prevención. A ello se suman las trabas burocráticas, la ineficiencia de las autoridades para ejecutar obras, y la corrupción. Tras el Niño Costero de 2017, por ejemplo, se denunció a diversos funcionarios por favorecer a empresas sin experiencia para ser contratadas en la tarea de reconstrucción. Este fue uno de los motivos por el cual se disolvió la Autoridad para la Reconstrucción con Cambios (ARCC) y se creó la Autoridad Nacional de Infraestructura (ANIN). 

Bajo este panorama, el próximo Gobierno tendrá que enfrentar la enorme e impostergable responsabilidad de atender este fenómeno. Resulta imperativo asumir la conclusión de los proyectos de infraestructura gris pendientes para hacer frente a los efectos de este evento natural previsible, pero intensificado por causas humanas. Asimismo, debemos apostar por la puesta en valor de las inversiones en infraestructura natural y las soluciones basadas en la naturaleza como respuestas eficientes ante la gestión de riesgo de desastres. Es desafío de esta gestión es poder articular a los sectores técnicos, destrabar la inversión en prevención y liderar una respuesta descentralizada que responda a las necesidades urgentes de las regiones afectadas. 

Enfrentar a El Niño y El Niño Costero requiere dejar aquella cultura pasiva que solo pone énfasis en la reacción. El Perú necesita estar preparado en infraestructura natural, gris e hibrida. A su vez, la ciudadanía necesita estar informada para contribuir en las tareas de prevención. Solo mediante un trabajo de una articulación real, técnica y fiscalizada se podrá salvaguardar la vida de millones de peruanos y peruanas, y garantizar nuestra estabilidad económica.

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